miércoles 11 de febrero de 2009

El vampiro de Mykonos

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En 1717 veía la luz Relation d'un Voyage au Levant, obra del botánico francés Joseph Pitton de Tournefort. Allí dejaba constancia el viajero galo de las observaciones botánicas y antropológicas que llevó a cabo durante el viaje que realizó entre 1700 y 1702 en tierras griegas y asiáticas. Justo el 1 de enero de 1701 Tournefort se encontraba en la isla griega de Mykonos (mencionada en el texto como Mycone) y pudo asistir a la ejecución, por cremación del cadáver, de un supuesto vampiro que había aterrorizado el año anterior a la población.

El cuerpo fue exhumado en presencia de Tournefort y sus compañeros de viaje, el botánico alemán Andreas Gundesheimer y el artista Claude Aubriet. Tras esperar nueve días conforme a cierto ceremonial religioso, se ofició una misa y el carnicero de la localidad se dispuso a extraer el corazón del cuerpo para incinerarlo. Tournefort señala que el hombre no encontraba el órgano y como dejó gravemente mutilado el cuerpo. El mal olor del cuerpo y el humo del incienso, según Tournefort y sus acompañantes, hizo que la gente creyera ver los signos inequívocos de que el cadáver era un brucolaco. Pese a sus primeros intentos de convencer a aquellas gentes de que el cadáver no presentaba nada especial decidió que era más seguro no intervenir. El corazón fue llevado a la playa e incinerado, pero las actividades nocturnas del vampiro no cesaron, y muchas familias estaban dispuestas a abandonar la localidad para emigrar a las islas vecinas de Siros y Tinos para ponerse a salvo del maléfico cadáver.

El caso de Johannes Cuntius

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Conocemos los hechos por el testimonio de un teólogo, un pastor protestante de aquella ciudad. Allí vivía un regidor con fama de tener una conducta intachable llamado Johannes Cuntius (Cuntze en su lengua original). Cuando tenía 60 años intervino en un litigio entre algunos carreteros y un mercader de Panonia. Gracias a su intervención los litigantes llegaron a un acuerdo, razón por la cual recibió una invitación del alcalde para ir a comer a su casa. Antes, dijo, tenía que ir a la suya propia para arreglar ciertas tareas. Se le oyó decir entonces: "Es bueno estar contento mientras se pueda, porque las desgracias crecen día a día". En su domicilio Johannes tenía cinco buenos caballos. Ordenó que le trajeran uno del establo; pero al ver que faltaba una herradura levantaron la pata del animal. El caballo se encabritó lanzándoles una tremenda coz que les derribó al suelo. Johannes fue levantado del suelo y cuando pudo hablar exclamó "Desgraciado de mí, estoy ardiendo".

Desalojaron la estancia, y cuando las mujeres se fueron le examinaron cuidadosamente, pero no encontraron heridas. Sin embargo enfermó y empezó a delirar diciendo que sus pecados eran tantos que no había perdón para él, y que sólo sus pecados menores ya eran más grandes que los del resto del mundo. Con todo, se negaba a confesar ni a que llamaran a sacerdote alguno. Y así empezaron a correr los rumores acerca de que tiempo atrás vendió a uno de sus hijos, e incluso se oyó hablar de pactos con el diablo. Pronto se empezó a comentar lo rápidamente que había hecho fortuna.

La noche en que murió estaba presente su hijo mayor. Antes del desenlace fatal un gato negro abrió la ventana con las uñas y penetró en la estancia lanzándose sobre el rostro del moribundo, y arañándolo con tal violencia que parecía querer tirarlo de la cama. De repente el gato desapareció y el hombre murió desatándose al instante una tormenta. Era la hora tercera de la noche. El incidente fue ocultado convenientemente, y, gracias a cuantiosas sumas de dinero, Johannes fue enterrado a la derecha del altar. El temporal que se inició con su muerte se hizo especialmente violento durante el funeral y se calmó en el momento en el que fue enterrado.

Dos días después de su muerte, y antes del entierro, el 8 de febrero, ya habían corrido rumores acerca de que un íncubo con el aspecto del difunto había violado a una mujer. Tras el entierro el muerto se apareció a un vecino que dormía diciéndole con la voz que tenía en vida: "No puedo dejar de golpearte hasta que mueras". También los vigilantes de la ciudad afirmaban que cada noche se oía gran estruendo en casa de Johannes, como si se lanzaran objetos contra las paredes. Las puertas de la casa aparecían abiertas de par en par cada mañana. Los caballos se agitaban en los establos como si se mordiesen entre ellos y los perros de toda la villa se ponían a ladrar al unísono de modo inexplicable. . En varias ocasiones en las que el espectro visitó su propia casa habló con una criada que dormía en la cama junto a la viuda, diciéndola que le dejara sitio porque estaba en su derecho. Si se negaba la sacudía la cabeza por detrás. Acostumbraba el vampiro también a correr por el patio de la casa, las calles, y los campos con tal furia que levantaba chispas del suelo.

Poco después se advirtió que la lápida de su tumba en la iglesia se había movido a un lado, y que habían aparecido unos sospechosos agujeros en torno a la tumba que, pese a que se rellenaban de tierra cada noche, volvían a surgir a la mañana siguiente.

En cierta casa de la villa una criada y algunos que dormían escucharon un ruido que parecía producir un extraño como lanzándose contra las paredes. Los golpes hacían temblar los cimientos. Al mismo tiempo entraban chispas por las ventanas. Al día siguiente se dio cuenta de tales fenómenos al señor de la casa, el cual tras investigar por la casa se quedó muy preocupado cuando halló ciertas huellas que no se pudieron reconocer como de animal alguno.

En una ocasión el espectro se apareció a las once de la noche ante uno de sus amigos, concretamente el padrino de su hijo James. Y lo hizo para hablar con él, según relató dos días después de los hechos dicho amigo al pastor de la parroquia a la que pertenecía. Según su testimonio Johannes le había dicho lo siguiente: "En un cofre que dejé en casa de mi primogénito Steven, que vive en Jegerdorf (nombre alemán de la actual Krnov en la república checa), hay cuatrocientos quince florines. Y así te digo que a tu ahijado no se le ha de privar de un sólo florín y que es tu obligación procurar que eso no suceda; y si actúas de modo negligente la responsabilidad será tuya." Acabado el discurso el aparecido subió a las habitaciones de arriba haciendo retumbar la casa y dejando por allí sus extrañas huellas.

Sus múltiples perturbaciones no acaban aquí. En cierta posada mantuvo en vilo a un judío alojado allí yendo arriba y abajo por toda la casa. En otra ocasión se apareció en el establo a un carretero conocido suyo escupiendo fuego y mordiéndole el pie de tal modo que le dejó cojo.

En fin, la lista de sus desmanes era enorme. Más de una vez se apareció a algunos para discutir con ellos asuntos referentes a los carreteros como había hecho en vida. En una ocasión regañó a una comadrona por permitir que su criada fregara los platos en jueves. Llegó a tocarla con la mano; una mano fría como el hielo según afirmó la mujer. Una mujer que iba a lavar fue apedreada con tal furia por el no muerto que los proyectiles dejaron marcas en la pared. A otra trató de seducirla, pero la mujer trató de zafarse de su macabro abrazo diciéndole: "Cuntius mio, ¿no ves que soy vieja y estoy llena de arrugas y deforme? Ya no sirvo para este tipo de diversiones." Tras soltar una carcajada el vampiro desapareció.

Otros muchos y raros fenómenos tuvieron lugar. La llama de las velas se volvía azul cuando el vampiro se acercaba a ellas. Se bebía la leche de los tazones, la convertía en sangre, o arrojaba estiércol en ella. Arrancaba palos que hubieran necesitado la fuerza de dos hombres para hacer lo mismo; tiraba de las cunas de los niños. El caballo de Johannes experimentaba sudores y temblores sin causa aparente. Otros animales también sufrían sus tropelías. En una ocasión ató a un caballo a un pesebre y la pata de otro a un poste. Cazaba perros por las calles golpeando su cabeza contra el suelo; devoraba las aves de corral; chupaba la leche de las vacas hasta dejarlas secas, y ataba sus colas como se hace con los caballos; ahorcaba a las cabras en los corrales. Lo peor fueron los estrangulamientos de varios ancianos y las repetidas violaciones de mujeres.

El pastor que narraba estos hechos afirmaba que él mismo recibió la visita del vampiro. El diabólico cadáver le atacaba mientras dormía. En una ocasión se levantó agotado, y mientras pensaba en ello apareció el no muerto y se abalanzó sobre él sacudiéndolo ferozmente sobre la cama. Otra vez su mujer lo vio, con forma de enano, saltar desde la ventana, abalanzándose sobre ella cuando estaba en la cama, y retorciéndole la cabeza de tal modo que creyó que se la iba a arrancar. Afortunadamente sus dos hijas acudieron a socorrerla al oír sus gritos. En otra ocasión la mujer del pastor pudo oírle en su habitación haciendo ruidos, como masticando grano, dando palmadas, y gruñendo en alto. Le hablaron para tratar de alejarle de allí, pero no desapareció hasta que no se encendió una vela. A uno de los hijos le pegó sus llaves entre sí de tal modo que tardó mucho tiempo en poder separarlas.

Una tarde, cuando el pastor tocaba música con su esposa e hijos, como era su costumbre, notaron una fetidez espantosa que se extendió por toda la estancia. El pastor y su familia se pusieron a rezar pero el olor creció tanto y se hizo tan insoportable que tuvieron que subir a sus habitaciones. Se metieron en la cama, pero al cuarto de hora comenzaron a notar aquel hedor horrible y un aliento gélido dentro del cuarto. A raíz de aquello el pastor enfermó y tuvo que guardar cama durante días. Sus piernas, su cara y su estómago se hincharon sobremanera experimentando también dificultad para respirar; padeció también una gran inflamación en los ojos que le impidió ver durante mucho tiempo.

Tales eran los tumultos que el vampiro hacía en aquella casa que los criados dormían juntos sobre alfombras vigilando para no ser sorprendidos por el espectro. Sin embargo, en una ocasión, una criada valiente se empeñó en dormir sola en su cuarto. El inquieto vampiro empezó a tirar de las sábanas, y la hubiera arrastrado a ella misma si no hubiera intervenido la familia. Al verse sorprendido se mantuvo un momento detrás de una vela y luego desapareció. No solamente molestaba al pastor y a su familia, sino que mostraba su aversión a lo sagrado profanando el agua bendita de las iglesias. Las sobrecubiertas del altar a veces aparecían manchadas de sangre sobre su tumba.

Las cosas habían llegado a tal extremo que nadie de fuera visitaba la ciudad, y el comercio había decaído tanto que la población se había empobrecido sensiblemente. Por fin, el 20 de julio, tras casi seis meses después de su entierro, se decidieron a exhumar el cadáver y el de otros que habían muerto poco antes y poco después que él. Todos estaban podridos e irreconocibles salvo uno, el cuerpo de Johannes Cuntius, que permanecía incorrupto, con la piel fina y sonrosada. Su nariz estaba completa. Las articulaciones conservaban su flexibilidad. Al ponérsele un bastón entre las manos sus dedos se cerraron en torno a él. Sus ojos aparecían a veces cerrados, a veces abiertos. Le abrieron una vena de la pierna y la sangre brotó fresca.

Siguiendo el mismo proceso que se llevó a cabo en un proceso anterior en otro pueblo de Silesia (probablemente el del zapatero), se constituyó un jurado que tras examinar las pruebas condenó a Johannes Cuntius y resolvió que su cadáver debía ser quemado. Los albañiles sacaron el cuerpo del ataúd practicando un agujero en una pared de la iglesia, porque el cadáver pesaba tanto que las cuerdas se rompían al tratar de izarlo. Por fin fue puesto en un carro tirado por un caballo fuerte que no obstante se las vio y se las deseó para arrastrar su pesada carga. Varias veces se cayó del carro por el camino, con el consiguiente esfuerzo de hombres y animal que tenían que volver a subirlo para continuar. Para muchos estaba claro que el vampiro se resistía a ser "ejecutado". Al llegar a la hoguera el verdugo tuvo que hacer uso de garfios para poder sacarlo del ataúd y trocearlo para poder quemarlo. Su sangre era tan fluida que mientras lo cortaba en pedazos salpicaba su cara. Hasta cientoquince troncos grandes hicieron falta para reducir el inquieto cuerpo a cenizas, las cuales fueron esparcidas en el río. Aquello acabó por fin con las molestas apariciones de Johannes Cuntius poniendo fin a una pesadilla que mantuvo en vilo a la población durante meses.

El Vampiro de Blow

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Otro caso es el del pastor de Blow, una villa próxima a la ciudad de Kadam, en Bohemia. Al parecer la ciudad de Kadam podría ser la actual Kadan (Kadaň), y Blow, la ciudad checa de Blov, que se encuentra en la latitud 50.3333333N, y la longitud 13.3E, al sureste de Kadan.

Poco después de su muerte el espectro del pastor comenzó a llamar a algunos de sus vecinos. Los que oían su llamada morían a los ocho días. Los ciudadanos de Blov desenterraron el cuerpo y lo atravesaron con una estaca para clavarlo al suelo; pero el vampiro se rió de ellos y les agradeció por proveerle de una vara para mantener lejos a los perros. Esa misma noche se libró de la estaca, salió de nuevo de su tumba y volvió a la población mostrándose aún más violento que de costumbre, asustando y sofocando a varios paisanos.

Acudieron al fin a un verdugo que puso el cadáver en una carreta para llevarlo a incinerar fuera de la aldea. Mientras era transportado de esta manera el cuerpo chillaba y movía manos y pies como un endemoniado. Fue empalado de nuevo y gritó aún más fuerte arrojando por la herida grandes cantidades de sangre, hasta que por fin fue incinerado. Sólo esto acabó con sus andanzas.

La Bruja Vampira Checa

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En Ueber Vampirismus se menciona el caso de una mujer checa que habría tenido lugar en 1345. Sus vecinos pensaban que era bruja, de modo que siguiendo la costumbre la enterraron en una encrucijada de caminos. Después de ser enterrada se levantó de la tumba como vampiro, pues es creencia en muchos lugares que los hechiceros al morir se convierten en no muertos. En días sucesivos el feroz espectro atacó y devoró a varios viajeros. Por fin se decidieron a estacarla, pero como en el caso del pastor de Blow, se arrancó ella misma la estaca y mató a otros con mayor crueldad aún de la que había hecho gala hasta el momento. Aterrorizados los vecinos quemaron su cuerpo y enterraron sus cenizas. En el lugar donde fue ejecutada se levantó un extraño remolino de viento que duró varios días.

Este caso recuerda mucho a otro recogido en la Kronika Neplachova (1355-1362), un conjunto de crónicas recopiladas por el abad Neplach de Opatovice, en las que por cierto también se menciona al vampiro de Blow. En dicha crónica escrita en latín, se dice, en una traducción propia, lo siguiente:


En 1344 cierta mujer murió y fue sepultada en Lewin. Tras haber sido sepultada surgió de la tumba, matando a muchos y lanzándose en post de quien se le antojara. Y cuando fue empalada, la sangre manó fluida como la de un animal vivo y había devorado más de la mitad de su mortaja, y cuando se le extrajo todo se llenó de sangre. Y cuando fue quemada no pudo arder la leña hasta que no fue encendida en el techo de la iglesia haciendo caso a lo que dijeron algunas ancianas. Después de haber sido empalada se levantó de nuevo. Pero cuando se la quemó, cesaron todos los males.

Hrapp, un vampiro vikingo

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Vampiros vikingos? A muchos les sorprenderá saber que los retornados no son raros en la literatura y el folklore nórdico. En este caso recogemos el caso de Hrapp, que el benedictino Dom Calmet, retomaría también en su archiconocida obra sobre vampirismo a la que muchos consideran como el primer tratdo de vampirología. Situémonos en el frío norte, en el tiempo en que los paganos del norte aún asolaban las costas europeas.

La Laxdœla Saga, la Saga de la gente de Laxárdalur, es una saga islandesa donde se narra la historia del clan Laxárdalur. Se compuso alrededor del año 1245. Se conjetura que su autora fue, probablemente, una mujer que la escribió en el extremo occidental de Islandia. En el capítulo XVII de la saga se cuenta la historia de Hrapp, un islandés, hijo de un escocés y de una mujer de las islas Hébridas, que mató a mucha gente después de muerto. En un capítulo anterior la saga nos dice que vivía en Salmon-river-Dale, en la rivera opuesta, en un lugar que después sería llamado Hrappstead. Los hechos se sitúan en el año 950. Hrapp fue un hombre muy violento y temido por sus vecinos en vida. Un día se sintió enfermo y vio que su fin estaba cerca, de modo que llamó a su mujer, Vigdis, hija de Hallstein, y le dijo: "Nunca he estado enfermo en toda mi vida, por lo tanto, es muy probable que esta enfermedad ponga fin a nuestra convivencia. Cuando esté muerto, quiero que se excave mi tumba en la puerta de mi salón, y que se me ponga allí, de pie en la puerta, de este modo veré todo lo que se hace en mi casa." El salón era la estancia principal en una casa nórdica. En ella se cocinaba sobre el fuego y servía de lugar de reunión.

Pero las andanzas de Hrapp no acaban aquí. En el capítulo 24 de la saga un granjero llamado Olaf quiso comprar Hrappstead a Thorkell Trefill, marido de una de las hijas de Thorstein Surt, que había heredado la propiedad. Se realizó la transacción y se convirtió en el nuevo propietario. Tenía el ganado repartido al cuidado de dos capataces. Un día uno de los capataces le dijo que quería que le cambiaran el trabajo. Oliéndose algo extraño Olaf fue con él hacia el redil llevando su lanza y al capataz. La puerta estaba abierta, de modo que le dijo al capataz que fuera metiendo el ganado dentro mientras él lo iba conduciendo. El capataz fue hacia la puerta pero al llegar Olaf se sorprendió cuando le vio haciendo aspavientos con las manos. Al preguntarle que ocurría el hombre le dijo que Harpp estaba en el camino de la entrada, y que el difunto se fue hasta él, pero que había tenido miedo de luchar. Olaf fue hacia la puerta y asestó una lanzada a Hrapp, el cual, al recibir el impacto, se giró quebrando la lanza. El hierro quedó dentro del cuerpo del draugr. Olaf quiso correr tras él, pero desapareció. Ató el ganado con ayuda del capataz y fueron a casa. A la mañana siguiente Olaf fue donde estaba enterrado Hrapp y cavó para sacar el cuerpo fuera. Estaba incorrupto. También encontró la lanza. Hizo una pira, quemó el cuerpo, y arrojó las cenizas al mar. Desde entonces Hrapp no volvió a causar más problemas.

El zapatero de Silesia

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Este caso fue registrado por el médico y filósofo Martin Weinrich, que vivía en Breslaw, la actual Wroclaw cuando tuvieron lugar los sucesos en aquella localidad de Silesia. Su hermano Charles Weinrich la incluyó en el prefacio a la edición de 1612 de Strix (De ludificatione Daemonum), una obra de demonología de 1523, escrita por Pico della Mirandola. El filósofo Henry More se hizo eco del caso en su Antidote against Atheism, publicado en 1653. Posteriormente fue retomada por Montague Summers en su The Vampire in Europe.

Situémonos... Estamos en Breslaw. Es viernes, concretamente el 20 de septiembre de 1591. Por la mañana un conocido zapatero se dirige hacia el jardín de su casa con el cuchillo propio de su oficio en la mano, y allí, apartado de la mirada de todos, se corta el cuello. Para evitar problemas a la viuda y mantener a salvo el buen nombre del zapatero la familia acuerda decir que ha muerto de apoplejía y viste el cadáver de tal forma que el sacerdote no percibe la herida del cuello. La estratagema funciona y ell zapatero recibe entierro cristiano dos días después de su muerte. Pero al cabo de mes y medio comienzan a circular rumores de suicidio que terminaron por llegar a oídos de la magistratura de la ciudad.

Los magistrados convocan a todos los testigos que vieron el cadáver. Los familiares, presionados, acaban por confesar que el hombre había muerto de forma violenta, pero alegan que quizá había sido asesinado o que si era cierto que él mismo se había quitado la vida lo habría hecho en un momento de locura. La viuda sin embargo se mantuvo fuerte, y se quejó ante todos de que era absurdo hacer oídos de rumores que eran propagados por aquellos que querían que el cuerpo de su marido fuera desenterrado como si de un suicida o de un brujo se tratara.

En el tiempo en el que esto ocurría comenzaron a llegar testimonios sobre apariciones del difunto, tanto de día como de noche. El espectro les atormentaba con visiones y golpes, de modo que cada mañana los lugareños se quejaban de estas tétricas visitas. A esto los familiares del difunto respondían que sólo eran rumores de personas que querían pisotear el buen nombre del zapatero y que perseguían que fuera desenterrado para humillar su memoria, y amenazaban con acudir al tribunal del emperador si se seguía dando crédito a rumores infundados.

Pero las quejas seguían produciéndose. La gente encendía velas por toda la casa y los habitantes de cada casa dormían juntos turnándoses para hacer vigilancia, pues el espectro aparecía cuando menos se le esperaba y golpeaba brutalmente a quien quería arañando, pinchando, sofocando... Muchos se levantaban con moratones y señales de sus uñas por todo el cuerpo. Nadie estaba a salvo. Pronto hubo disturbios y mucha gente huía de la ciudad para escapar de aquella pesadilla. La magistratura decidió entonces desenterrar el cuerpo. Corría el 18 de abril de 1592, había transcurrido medio año desde el entierro del zapatero y sin embargo su cadáver exhumado delante de los magistrados estaba incorrupto y no olía mal. La piel, aunque flácida parecía fresca. Las articulaciones tenían flexibilidad. La herida del cuello estaba abierta pero no mostraba signos de corrupción. Se fijaron además en que en el pulgar del dedo derecho tenía una excrecencia en forma de rosa que se interpretó como una marca diabólica. Era una creencia muy extendida el que los brujos eran marcados en alguna parte de su cuerpo por el demonio cuando sellaban formalmente el pacto. Muchos vampiros, en la creencia popular, habían sido hechiceros en vida.

Durante 6 días, hasta el 24 de abril el cuerpo estuvo expuesto a la curiosidad de todos. Después se le enterró bajo el patíbulo, pero las apariciones siguieron sucediéndose; pero esta vez el maléfico cadáver se cebó especialmente con su familia. Los ataques llegaron a tal extremo que la propia viuda fue a ver a los magistrados para decirles que ya no veía con malos ojos que se tomaran medidas más drásticas Y así fue. El 7 de mayo el cuerpo es desenterrado de nuevo. Ante la sorpresa de todos, el cuerpo parecía haber engordado. Se le decapita, se le amputan los miembros y se procede a extraerle el corazón por la espalda observándose que éste estaba fresco. Se amontonaron todos los restos en una gran hoguera de leña y se dio como pasto a las llamas. Las cenizas se metieron en un saco y se echaron al río. Al parecer las apariciones cesaron por fin, para descanso de toda la ciudad.

Sin embargo los hechos no acabarno aquí. Poco tiempo después murió una criada que se apareció a su vez a otra de las criadas maltratándola violentamente. Esta misma criada relató que en otra ocasión al oír los gritos del niño que tenía a su cargo acudió a tiempo de ver a la difunta violentando al niño hasta que hizo la señal de la cruz y pronunció el nombre de Jesús, tras lo cual la aparición se desvaneció. La noche siguiente tuvo otro encuentro. Al ver una gallina por la casa la persiguió pensando que había escapado del gallinero con objeto de devolverla a su lugar. Para su sorpresa la gallina empezó a crecer de tamaño hasta hacerse enorme, y la agarró con tal fuerza del cuello que no pudo beber ni tomar nada durante días. Se dijo entonces que la criada muerta había tomado la forma de dicha gallina. Durante un mes la muerta se aparecía en forma de mujer, pero también de perro, de gato o de cabra, golpeando y sacando de la cama a los durmientes. Siguiendo el mismo procedimiento su cuerpo también fue desenterrado y quemado.

La Condesa de Deux-Forts

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En el siglo XII, en Francia, se cuenta la historia de una condesa, propietaria de un castillo llamado "Château de Deux-Forts" (Castillo de Dos-Fuertes), en el importante condado de Auvernia, y que nos recuerda extrañamente a la célebre condesa Erzsebet Báthory-Hadasdy, aunque todo hay que decirlo, mucho más anterior a ésta. Su historia es la siguiente:
Una noche, en el momento en que la condesa se disponía a acostarse, descubrió una extraña mancha marrón en su vientre. Dió orden a sus sirvientas que la frotasen con agua fría primero, y con agua caliente luego. Pese a las enérgicas friegas, la mancha no desaparecía. Al día siguiente, por la mañana, la condesa estaba apesadumbrada. Lejos de haber desaparecido, la mancha parecía haber aumentado de tamaño. Mandó que buscasen al médico. El galeno oscultó la condesa y la examinó detalladamente. Tras mirar una y otra vez, el médico declaró con voz clara que su señoría sufría de un principio de lepra. Al oír semejante noticia, la condesa agarró por los brazos al doctor y le susurró al oído que ordenaría a sus servidores que le desollarían vivo si no encontraba un remedio para curarla.
Quizás es esa amenaza lo que inspiró al galeno desesperado, de sugerir el siguiente remedio. Tan solo quedaba una cosa que hacer, dijo el médico, para que se curase completamente la condesa de tan horrenda enfermedad. Tenía que bañarse en sangre humana y fresca. Ni corta ni perezosa, la condesa siguió la prescripción del doctor...
A partir de ese infausto día, los niños de la región empezaron a desaparecer. En los pueblos y aldeas del Valle de Sioule, se murmuraba que la condesa de Deux-Forts era un ogro diabólico que devoraba chiquillos. Guillermo VIII, Conde de Auvernia, hizo caso de los rumores y transmitió las preocupaciones de sus súbditos al rey de Francia. Las autoridades religiosas de Clermont hicieron lo mismo. Una investigación aclaró los sangrientos crímenes de la condesa. Su juicio se instruyó poco después.
El médico y toda la servidumbre de la condesa fueron condenados a morir ahorcados. En cuanto a la condesa, ésta fue descuartizada por cuatro caballos.
Tras el horrible proceso y la ejecución, una cruz de piedra fue erigida en el emplazamiento mismo donde fue ejecutada. Se la conoce como "La Croix de Male Mort" (la Cruz de la Mala Muerte).
Desgraciadamente, se ignora el nombre de esta condesa y las fechas exactas en las cuales se desarrollaron los hechos.